26 de abril de 2017
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Reportaje
El último escondite de las parabas "Frente Roja"
Gemma Candela

En los años 80 era normal ver salir de Saipina camiones cargados de parabas Frente Roja enjauladas, recuerda Guido Saldaña, nacido en este municipio de la provincia cruceña Manuel María Caballero. Entonces, el jornal para los trabajadores de esta población valluna era de cinco bolivianos. Los que se dedicaban a cazar parabas vivas cobraban el doble.

“La gente decía que esos loros les perjudicaban porque se comían el maíz”, cuenta. Mientras, en otros lugares, sobre todo más allá de las fronteras nacionales, eran considerados exóticos y se pagaba buenas sumas por ellos. Pero empezó a escasear la población de estas aves y, durante la década de los 90, cada vez fue menos frecuente verlas, con sus tonos de rojo, azul, verde, naranja y amarillo, sobrevolar la zona.

Lo mismo que sucedió en Saipina ocurrió también en otros lugares donde vive Ara rubrogenys (nombre científico del ave), que es endémica de Bolivia. Su hábitat se encuentra entre los 1.000 y 2.700 metros sobre el nivel del mar en un radio de 5.000 km2 entre el sur de Cochabamba, el noreste de Potosí, el norte de Chuquisaca y el suroeste de Santa Cruz, tanto en bosques secos interandinos como en bosques tucumanos (semihúmedos).

Las últimas estimaciones indican que hay entre 700 y 800 individuos de esta especie en todo el país, según la Asociación Civil Armonía, una organización no gubernamental boliviana que trabaja por la conservación de las aves y en la que Guido es el coordinador del Programa de Conservación de la Paraba Frente Roja. Éste se desarrolla a 56 km de Saipina, en el municipio de Omereque, ya en el departamento de Cochabamba.

No es fácil llegar hasta allí pues los buses que salen desde Cochabamba no tienen salidas diarias. El día que hay transporte se tarda aproximadamente seis horas, pero llega hasta la capital del municipio. Desde allí todavía hay una hora más hasta la Reserva Frente Roja, 50 hectáreas que abarcan las comunidades de San Carlos, Perereta y Amaya. Cuesta, pero vale la pena llegar.

Desayuno con parabas

Cerca de la orilla del río Mizque, aunque no lo suficiente como para que se escuche el discurrir del caudal, entre la otra ribera y una loma, hay dos casas de techos de tejas a dos aguas: la cocina y el alojamiento del Albergue Paraba Frente Roja. Fue construido en 2007 y forma parte del proyecto de Armonía.

Es un albergue ecoturístico atendido por lugareños ideal no solo para investigadores y amantes de los fauna aviar sino, también, para quienes busquen un poco de tranquilidad y contacto con el entorno natural.

Seis habitaciones, cada una con el nombre de un pájaro, con capacidad para 14 personas; cuatro baños (con agua caliente) y una sala de estar. Y lo mejor está afuera: el porche, ideal para desayunar cuando el sol ya comienza a apretar. Enfrente, al otro lado del Mizque, se alza un peñasco de roca clara cuyas grietas aprovechan las aves para anidar. Y no solo la Ara rubrogenys: otras aves como la Cotorra Boliviana (Myiopsitta luchsi) y el Tordo Boliviano (Oreopsar bolivianus), también endémicos, viven en este emplazamiento. Son parte de la comunidad local conformada por 200 tipos de vertebrados alados.

Desde las ocho de la mañana y hasta las diez, las parabas van y vienen de los nidos hacia los lugares donde crece su alimento. Buena parte de él lo hace bajo la pared rocosa: arbustos del género prosopis y jatropha, algún tipo de ortiga y la mara valluna, cuenta Guido, que dan frutos durante la época húmeda.

Además de observarlas de lejos mientras se toma el desayuno también se puede pasar bajo el peñasco donde habitan para verlas más de cerca.

Para llegar hasta él hay que atravesar el puente peatonal que cruza el Mizque, al que le falta el soporte del centro que arrancó la crecida del río a comienzos del año. Al otro lado, parte del camino también se lo comió el agua y hay que andar sobre el borde del canal de riego hasta llegar al punto exacto desde donde se las puede ver, apostadas en las aberturas de sus pequeñas cuevas, entrando y saliendo, a las parabas, siempre en pareja. Incluso, dentro de la bandada, van agrupadas de dos en dos. “Si ves a una sola, probablemente, es porque su pareja ha muerto”, explica Guido. Por eso, cuando se  caza a una, se condena a la otra a no reproducirse: son monógamas.

Y juntas hacen todo, como criar a sus polluelos, de los que nacen, como máximo, tres por temporada, según datos de La Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza).

La época de reproducción comienza en diciembre y dura hasta mayo. Luego, la gran  mayoría deja los nidos de esta pared para ir en busca de plantaciones de maíz y maní fuera de las 50 hectáreas que abarca la reserva. El monitoreo es parte del proyecto y por eso los biólogos colocaron radio-collares a varios ejemplares y, gracias a ello, supieron que llegan a recorrer 130 km, hasta Pampa Grande, en el departamento de Santa Cruz, donde duermen en árboles.

Sin embargo, asegura Guido, en el peñasco que está frente al albergue siempre quedan entre 10 y 20 ejemplares.

Este año hay alrededor de 14 nidos, según el recuento del coordinador del proyecto. A partir de mayo, con las crías más crecidas, irán abandonándolos hasta la próxima época de lluvias. Sin embargo, cuando retornen, tal vez encuentren “okupas”: las abejas africanizadas (híbridas y muy agresivas). “Este año he visto como cinco colmenas en un cerro que antes eran nidos de paraba”. Ése es uno de los problemas con los que pueden toparse las aves, además de con los depredadores naturales: águilas, halcones y zorros. Aunque su mayor peligro es el género humano.

La captura y venta de estos loros ha disminuido gracias a la creación de leyes como la Ley 1333 de Medio Ambiente, de 1992. Aunque antes ya se había promulgado un decreto que prohibía la exportación de aves vivas (1985) y Bolivia se adscribió a la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) en 1979. Aún así, el comercio de A. rubrogenys no ha eliminado completamente. Ahora, incluso, la mayor parte del comercio es interno. Según La Lista Roja, en 2011 se encontraron 45 parabas en calidad de mascotas domésticas. Buena parte de ellas había sido capturada en los cultivos, pues la especie es perseguida como plaga por los agricultores.

Datos recopilados por IUCN indican que el 40% de los bosques dentro del área de distribución de los loros se convirtieron en tierras de cultivo hacia 1991, a las que hay que sumar las zonas dedicadas al pastoreo de cabras. Además, varios de los árboles que constituyen el alimento de los loros son usados como combustible. Y, los plantíos que comen en la época seca llevan pesticidas que pueden causarles la muerte.

Por eso, Armonía apoya a los comunarios en la producción y comercialización de papayas genéticamente mejoradas y ecológicas, de las que hay 6.000 plantines cultivados, y dan asesoramiento sobre el uso de biopesticidas. Además producen miel 100% natural que está a la venta en la tienda Naturalia, en Santa Cruz.

El impulso agrícola sumado al turístico tienen un fin: hacer que el proyecto sea autosostenible. Este año se han distribuido alrededor de Bs 22.000 entre las tres comunidades. En Perereta y Amaya se utilizaron para mejorar el servicio de agua potable, y el siguiente objetivo es hacer una posta sanitaria.

Y eso que, al principio, la idea de que llegaran turistas no resultaba atractiva para los comunarios. “Ha habido cambios”, dice Guido. Antes, ayudaban a capturar pichones de paraba para venderlos. “Ahora son muy celosos de la especie. Ellos son los conservacionistas”. Cruzando el puente hay también tres niños que se acercan al biólogo para preguntarle por las próximas actividades que hará Armonía. Las últimas fueron la reforestación del entorno y los talleres de información y sensibilización para proteger a los loros: se capacitó a los profesores y ellos, a los alumnos.

Una encuesta realizada por Armonía indica que, antes de la campaña, solo el 30% de la población tenía conocimientos sobre A. rubrogenys mientras que, después, la cifra ascendió a 72%.

Restos arqueológicos

Para completar la estancia en el albergue se puede ir a visitar lo que queda de la fortaleza de Tunas Mok’o, en la que hay pirámides de piedra, tumbas y pinturas rupestres. Está a una hora del albergue.

Guido sube hacia los panales para mostrárselos a los visitantes cuando, en mitad del camino que asciende por un cerro, se detiene frente a una gran roca que tiene una abertura en el centro. Alarga el brazo tratando de llegar al fondo de la grieta. Rascándose la piel contra la roca saca un pedazo de cerámica en el que se observan pinturas. Es otro vestigio de la presencia de culturas precolombinas en el área como la de Omereque.

En el municipio hay alrededor de 150 parabas, aproximadamente el 20% de las que hay en toda Bolivia, y entre 45 y 50 nidos en seis sitios de anidamientos. El turismo y la agricultura ecológica pueden ser una opción económica para disuadir a los lugareños de extraer estas aves.

Esta es una iniciativa para la conservación de un ave única en el mundo y que se encuentra en peligro crítico de extinción, según UICN. El monitoreo que realiza Armonía indica que la especie se está recuperando en la reserva. Aún queda mucho por hacer en el ámbito nacional para que se recupere y vuelva a índices de los ochenta, cuando había 5.000 ejemplares.

FUENTE: La Razón
FECHA: 26 de abril de 2017

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