16 de diciembre de 2017
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Reportaje
RECORRIENDO LAS PARADISIACAS TIERRAS DEL BENI
Marco Fernández Ríos

Salir del avión es como entrar en un horno. Es mediodía y la sensación térmica es de al menos 35 grados Celsius. “Parece como si estuviéramos en otro mundo”, afirma Christy, una inglesa estudiante de español que 40 minutos antes se encontraba en el Aeropuerto Internacional de El Alto.

Así inicia una aventura por tierras benianas organizada por el Viceministerio de Turismo, con el fin de promover la visita a Rurrenabaque, San Borja, San Ignacio de Moxos y Trinidad, además de la ruta del bufeo, como parte de un plan que pretende mostrar los atractivos que tiene el departamento del Beni.

En la primera estadía, Rurrenabaque se muestra acogedora y pujante, pese a que la inundación de inicios de este año afectó a centenares de familias.También denominada “La Perla Turística del Beni”, es uno de los principales ingresos para emprender recorridos por la Amazonía boliviana. Una muestra es la cantidad de ciudadanos extranjeros que recorren sus calles. Es por ello que abundan las agencias de turismo que ofrecen paquetes para todos los gustos, con caminatas, sobrevivencia en la selva, balsismo, pesca y apreciación de la fauna y flora de la región, con el acompañamiento, en su mayoría, de pobladores de San José de Uchupiamonas. Su biodiversidad, sus paisajes exuberantes y sus comunidades indígenas hacen de Rurre uno de los destinos turísticos más visitados del país, después del salar de Uyuni y el lago Titicaca.

En un recorrido en vehículo de diez minutos desde el centro de la ciudad se llega a una de las lomas más altas de Rurrenabaque, donde el suizo Jürg Steiger construyó el complejo El Mirador, un centro recreacional que cuenta con cabañas para 19 personas, una amplia piscina y un restaurante, desde donde se puede apreciar gran parte de la ciudad, el río Beni y la cordillera. Todo al mismo tiempo. Es un atardecer espléndido, como si un ser superior lo hubiera creado, aunque Steiger lamenta que los chaqueos de esta época impidan observar el horizonte de mejor manera.

“Llámeme Jorge, porque todos me conocen por Jorge”, dice Steiger, quien revela que es un ingeniero que llegó a Bolivia en 1987 para asesorar en varios proyectos y decidió quedarse en el país e incluso tener una hija boliviana. “¿Conoce la urbanización Lomas del Sol, pasando el Club de Golf de La Paz?”, pregunta. “Pues, yo la he construido”, afirma. “¿Conoce el hotel Oberland en Mallasa? Yo lo he construido”, recalca orgulloso de ser parte de los trabajos que ha emprendido en el país y sostiene que este complejo hotelero no es un negocio, sino una manera para comunicarse con gente boliviana y extranjera.

Después de un tiempo en La Paz, luego de haber sufrido un accidente en una de las escaladas por los cerros altiplánicos y de padecer una grave lesión en la cadera, se trasladó a Rurrenabaque para adquirir un terreno en la cima de una loma, donde ha construido este centro de acogida para los turistas.Hacia San Borja y San Ignacio

La siguiente jornada comienza de madrugada con un viaje por carretera hacia San Borja, donde el grupo Los Guaracachis recibe a los visitantes con la bombilla o tamborita Fiesta Grande y el declamador Tapa de peto recita dos poemas típicos de la Amazonía beniana, para luego, acogidos en el balneario La Palmas, consumir un desayuno tradicional con masaco, sonso de yuca, cuñapés y caldo de caña.

Róger Rodas, gerente de la operadora de turismo Ecoterra, informa que San Borja trabaja para estructurar su oferta turística a través de la visita a campos ganaderos, a las comunidades indígenas chimanes y a la Reserva de la Biosfera Estación Biológica de Beni, un espacio donde se destacan lagunas en medio de inmensos bosques donde abundan la flora y la fauna, como el jaguar, el pejichi, el marimono, el manechi, el ciervo de los pantanos, el peta de río y el caimán.

Arribar a San Ignacio de Moxos es respirar cultura e historia. El Coro Musical del Cabildo Indigenal moxeño, integrado en su mayoría por personas de la tercera edad, interpreta una marcha. En este grupo sobresale el bajón, un instrumento de viento compuesto por 14 tubos de 1,5 metros de alto que se elabora con hojas de la región, con hilos de algodón y seda.

Al terminar la interpretación, el cacique del Gran Cabildo Indigenal de San Ignacio de Moxos, Agustín Yuja, empieza a servir chicha de camote con un bariti (cucharón artesanal de madera), mientras su esposa Balbina pasa la tutuma a los invitados. Esta tradición se denomina maripeo.

Sheila Villa, coordinadora del viaje, comenta “se trata de un acto de servicio” de nosotros hacia los visitantes, pero después se les entrega el cántaro de chicha a ustedes para maripear, es decir, para compartir la bebida. Esto hace que también demuestren el servicio hacia los demás”. El cacique tiene la tuición de servir la bebida a las personas que considere especiales, en este caso, visitantes.

El subgobernador Sixto Bejarano da una explicación más profunda del maripeo.  “El cántaro significa el capital, la plata que entra; el bariti simboliza la autoridad, que tiene que ver con la vocación de servir en partes iguales a todos. Es el mensaje político que nos ha permitido proyectarnos y tener la vocación de servicio y el bien común de toda la comunidad de Moxos”. El cacique permanece sentado y continúa invitando la bebida con mirada solemne y respetuosa a toda la comitiva.

Luego, ocho macheteros hacen una demostración de la danza tradicional moxeña. “En la punta del plumaje hay un distintivo blanco, otros le ponen la pluma amarilla. Según lo que nos contaban los abuelos, eso significa que las tribus peleaban por su jurisdicción. Cuando se encontraba una flecha con el color blanco significaba que estaba por ahí el grupo guerrero de la etnia moxeña ignaciana; si encontraban una flecha amarilla, ello indicaba que se trataba del grupo guerrero del moxeño trinitario. Siempre había celos por los espacios donde vivían”, explica Bejarano, quien también bebe un poco de chicha servida por el cacique.

A unas cuantas cuadras, en la plaza principal, se yergue la iglesia de San Ignacio de Moxos, una de las más representativas del oriente boliviano y de estilo barroco mestizo. La tarde se ha puesto agradable, los faroles empiezan a encenderse y los visitantes se reúnen en el atrio para sacarse fotografías en medio de las 12 columnas que representan a los apóstoles que acompañaron a Jesucristo.

Por dentro, los colores vivos y la estructura de madera son lo primero que atraen a la vista, con la figura de San Ignacio de Loyola en el fondo del ambiente religioso. Otro de los atractivos son los cuadros que representan escenas del Viejo Testamento y del Nuevo Testamento, a ambos lados de las paredes, además de un holograma de Jesús hombre-salvador, indica Sheila.

En la parte alta dentro de la iglesia, en la entrada, como en todos los templos jesuíticos, se encuentra el espacio donde actúa el coro musical. “Las gradas tienen forma de caracol, si subes por ahí quedas como borracho”, cuenta la guía. “¿Será que puedo subir?”. “¡No!”, asevera Sheila, quien aclara que este espacio donde se presenta el coro es considerado como un lugar sagrado.

Al lado de la iglesia está el museo del municipio, que está dividido en varias áreas temáticas. La primera se denomina La Tierra que habita el hermano y donde existen pinturas en relieve de la flora y fauna. Es otro momento para aprovechar en sacarse fotos. Al frente, en un mostrador, hay decenas de frascos con preparaciones de animales y flora para aliviar dolores y curar enfermedades, según las tradiciones ancestrales. Juan Francisco Limaita, director del museo de Moxos, se detiene ante una muestra de vasijas y otros objetos hechos de barro, que forman parte de 10.000 piezas encontradas en prospecciones llevadas a cabo entre los años 2010 y 2012.

De acuerdo con el especialista, estas piezas pueden pertenecer a las culturas hidráulicas, que se establecieron en la Amazonía para construir terraplenes y camellones con el fin de evitar desastres de las inundaciones y mejorar la agricultura.

Ya está anocheciendo y es momento de partir. En la plaza principal de San Ignacio de Moxos, las motos se confunden con un carretón jalado por un caballo.

Pese a la noche lluviosa, el amanecer despejado es presagio de una buena jornada. La comitiva sale temprano hacia el puerto Los Puentes, a 18 kilómetros de Trinidad, para emprender una nueva peripecia, la búsqueda del bufeo.

Para observar a este cetáceo, los visitantes tienen la opción de navegar en el flotel Reina de Enin, una de las embarcaciones más conocidas de Beni, que ofrece un recorrido para observar a estos cetáceos y otros espacios donde hay animales silvestres. Esta nave, que tiene 30 años de antigüedad, aunque fue refaccionada y ampliada hace 15 años, cuenta con camarotes para 30 personas y paquetes turísticos en el río Mamoré.

Para subir al flotel hay un par de lanchas que conducen a la parte honda del afluente. Estamos rodeados por selva acompañada por aves diversas. Parece un sueño.Estos botes son utilizados para ir al medio del caudal, con el fin de observar al bufeo. Las cámaras y las miradas están atentas a ver la salida de estos delfines. De repente, uno de los turistas grita: “¡Ahí está!”. Todos mueven la mirada hacia ese lugar. “¡Allá va!”, señala una de las visitantes. Unos cuantos bufeos ofrecen un espectáculo singular, salen a ratos del agua y muestran sus abdómenes rosados. Pero pasan rápido. Los camarógrafos tratan de obtener la mejor imagen, todos están atentos para verlos, miran de un lado para otro. Aparecen y desaparecen, los flash de las cámaras no pueden captar una buena imagen. La mirada a uno y otro lado del bote es constante, la atención se acrecienta, pero este bello cetáceo, como coqueteando con los visitantes, se deja ver poco y los deja con ansias de apreciarlo mejor. El bufeo o delfín boliviano (Inia boliviensis) es un cetáceo que habita únicamente los ríos de la cuenca alta del río Madera, en la Amazonía boliviana, en los departamentos de Pando, Santa Cruz, Cochabamba y, principalmente, Beni.

La primera causa de mortalidad de este animal, que puede vivir hasta 40 años, procede de las actividades humanas. Por ello, el Libro Rojo de Vertebrados de Bolivia, que categoriza a los animales que se encuentran bajo algún tipo de amenaza, determina que el delfín boliviano es vulnerable, debido a la disminución de sus poblaciones y la pérdida y degradación de su hábitat, aunque son numerosos.

Para ello hay emprendimientos como el programa de Investigación y Conservación del Bufeo en Beni, con la colaboración de la Gobernación de Beni y los municipios de Trinidad y Magdalena, y empresas privadas, entre otras, para la conservación de esta especie.

Uno de los guías expresa que se debe recorrer en la embarcación durante seis horas río adentro para estar en contacto directo con este animal. No hay tiempo.

Cuando las palabras no alcanzan Luego de un recorrido por la hacienda El Carmen, donde se puede hacer paseos a caballo y observar la fauna y flora, es hora de retornar al flotel y emprender el regreso a Trinidad.

El regreso es simplemente inolvidable. La temperatura es agradable, estamos surcando el río rodeados por aves y selva. En este ambiente parece que el arcoíris bebe agua en el río y los campesinos ordeñan la noche, parafraseando a Juan Luis Guerra.

Y el sol da la oportunidad de obtener uno de los mejores recuerdos, a cuál más, de este viaje. Entremezclado entre las nubes, el astro marca un reflejo en el río entre blanco, platinado y dorado. Los visitantes ven en vivo los cientos de almanaques, pósters y salvapantallas que muestran la maravilla de la naturaleza.

Cada uno saca a su manera una fotografía para aprovechar la belleza del atardecer.

Se puede sentir el aroma del verde profundo mezclado con el río, que hace que todos nos sintamos felices.

Después de disfrutar de la tarde regresamos al puerto El Puente. Y como despedida, nuevamente los bufeos salen del agua, como para despacharnos de una parte del paraíso boliviano.

El viaje por el Beni es una invitación a seguir creando frases hermosas, pero ninguna se iguala a lo que vemos.

Parece un sueño. “Tus llanuras, tu cabello. Tu vegetación extensa e interminable, tus ojos vivos que no tienen límites en mi alma. Tu voz segura y firme, tu tierra fértil con atardeceres mágicos”.

Y de pronto, después de viajes interminables de tierra con árboles y ríos similares, nuevamente ante la ventana del aeropuerto, a la espera del avión para volver a esa realidad que por momentos regala experiencias como la vivida en el Beni.

FUENTE: La Razón
FECHA: 16 de diciembre de 2017

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